miércoles, 3 de diciembre de 2008
Quisiera no tener VIH
miércoles, 15 de octubre de 2008
La coyotera
Los policías venían y cobraban cuota a mi mama que en ese tiempo trabajaba cuidando a las muchachas en la vecindad de la Coyotera. Como no tenía para darles moche les pagaba con servicio. Yo veía que ellos entraban muy orondos, hacían muchas burlas mientras de uno por uno pasaban a los cuartos a estar con ellas. Después mi mama se enfermó de los pulmones, adelgazó bastante hasta quedar en los puros huesos. No sabíamos qué la estaba acabando hasta que vinieron del centro de salud y nos sacaron sangre a todos.
Yo creía que la enfermedad que ella tenía era por tanto malpasarse y fumar, pero luego le siguió la diarrea, los llagas en sus partes, el algodoncillo en la garganta que no la dejaba tragar comida. Sufrió lo que no se imaginan.
Dos de sus amigas resultaron con lo mismo. Yo también le entré al jale a la edad de quince años. Así es la necesidad. Me enamoré de un cadete de la séptima zona. Me enseñó a cuidarme con condón, me prometió sacarme de allí y llevarme a vivir con él a su rancho de Veracruz. Yo estaba muy chamaco en aquel entonces, no sabía que andaba esa epidemia que luego se supo era cosa incurable, tremenda. Todos pensaban que era un mal puesto, como brujería, porque mi mama y las gentes fueron quedando chupados como si las estuviera desangrando un vampiro invisible cada noche. El soldadito ya no volvió al ver tanta calamidad, me dejó para siempre, me cambió por otro chavo. Yo vi morir a mi mamá y varias muchachas en mis brazos.
Hace poco vino uno que fue policía, aseguraba que aquí lo habíamos contagiado. La vecina le dijo que ya todas se habían muerto, que yo estaba limpio. Enrabiado, entró a mi casa con pistola y de coraje rompió la televisión, el ropero, los espejos y las pocas cosas que mi mamá me dejó o que yo había comprado con lo que sacaba de mi trabajo de repartir condones, dar platicas y animar a la gente a que se hiciera la prueba del sida. Lo que más me duele es que todas las muñecas que mi mamá guardaba en una vitrina quedaron sin cabeza, destrozadas. A ese fulano le dicen el Gorgojo. Me dijo que iba a regresar para darme un escarmiento porque ahora iba a entrar a jalar con los Zetas.
Asustado fui y di aviso a los del gobierno pero se rieron de mí. Pinche sidoso, pos qué esperabas, me respondieron. A un amigo también lo han amenazado porque anda dando metadona en lugar de heroína en los picaderos. Yo si creo que el Gorgojo es capaz de matarnos. El domingo salió en las noticias que a tres cuadras de aquí un comando de encapuchados ejecutó a una familia. Acribillaron a la abuela y sus tres nietos. Oyeron que la viejita le gritaba a un tal Gorgojo que por amor de Dios no se llevara a sus chamacos. La rafaguearon junto a los chamaquitos, dizque andaban vendiendo droga para otros jefes. Los niños iban apenas en quinto y sexto de primaria. Yo tengo mucho miedo, tanto que me dio parálisis en la mitad del cuerpo, si viene un c omando no podré ni siquiera correr. Antes era el sida lo que nos provocaba mucho espanto, ahora son los encapuchados que llegan en patrullas de la policía y tiran bala parejo. Polis y matones son de los mismos.
Hurtado, Joaquín. Crónica sero.
Hurtado, Joaquín. Crónica sero. Nuevo León: Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2003. 176 pp.
Tengo el mal de todos, porque soy todos al mismo tiempo. El pecado de cada uno de ustedes. ¿Eres homosexual?, me pregunta en su dialecto la señorona de clase media que estudió algo de psicología mientras escribía poemas a su marido que de seguro gusta de ser cogido por los travestis del Suárez. No, le digo a la señora de clase media que viene a velar enfermos, sólo soy un macho al que le gustan los machos. (Hurtado 94)
Propongo que el epígrafe contiene el planteo central del inconsciente político (Jameson 1981) de la obra literaria de Joaquin Hurtado (n. Monterrey 1961): a) la resistencia-denuncia multidimensional que reconoce la importancia de las palabras para nombrar la realidad y construir relaciones de dominación, subordinación, segregación o resistencia/subversión; b) la exhibición del papel del discurso en la organización de identidades sociales y sexuales y con ello, de relaciones de poder. Así mismo, considero que el epígrafe contiene los tres ejes temáticos recurrentes y vinculados en sus tres libros de crónicas y relatos Guerrerosy otros marginales (1991), Laredo Song (1997) y Crónica sero (2003): 1) la experiencia íntima y cotidiana de la marginación y el poder clasista, ese poder que recorre tanto el sistema económico y las instituciones privadas, como la acción/inacción del estado; 2) la existencia de una diversidad sexual y de género que subvierte constantemente, aunque casi siempre fuera de los reflectores sociales, el régimen de poder sexual dominante y su sistema de categorias de identidad: hombre-mujer, masculino-femenino, heterosexual-homosexual; 3) la experiencia humana, social y política del sida en México.
Hablar de homosexualidad, gaycidad, bisexualidad o heterosexualidad en México puede fácilmente inducirnos a equívocos. Las categorías de identidad sexual forman parte de sistemas culturales y de poder. Oponer a estos términos de identidad sexual de origen anglosajón un supuesto sistema nativo, "popular": joto-mayate, activo-pasivo, al modo de la antropología norteamericana sobre México, no es menos erróneo, por limitado. La diversidad sexual y de género mexicana es más compleja que estos juegos binarios. La invisibilidad de esta realidad por quienes ofician como productores de representaciones (creadores literarios, académicos, críticos, etc.) resulta sospechosa de complicidad con un sistema de poder patriarcal (Núñez 2002). Joaquín Hurtado no escribe sobre bisexualidad (identidad reivindicada escasamente y preferentemente por sectores jóvenes y urbanos de clase media, sobretodo a través de internet), ni siquiera sobre homosexualidad o menos aún sobre gaycidad (una identidad que involuera una capacidad de consumo). Para nuestro deleite intelectual y erótico Hurtado recrea a través del lenguaje (con su diversidad de sociolectos norteños) hecho literatura, una sociedad donde habitan los varones que desean y aman, a veces, a otros hombres, de manera más o menos exclusiva o pasajera, enfundados en ropas y habitus de traileros, policías, activistas, deportistas, ejecutivos, vaqueros o estilistas; varones con apetencias eróticas o con manierismos muchas veces disidentes del sistema de homologías sexuales y de género dominantes, esa ideologia que pretende hace derivar del cuerpo macho una identidad de género masculina y una orientación heterosexual (Butler 1990). Frente a lo que un personaje llama "el dialecto" de las identidades, discurso clasista, sexista y pseudocientífico de la tolerancia y la lástima con la que se pretende reducir socialmente el homoerotismo a la minoría de "los homosexuales" o de los "sidosos" (otra identidad asignada y disputada por el autor), Hurtado devela una realidad sexual y de género heterogénea, vital, valiente, riesgosa, subversiva, difusa, ampliamente presente en el cuerpo social: un luchador que como travestí se llama Carla y que gusta del peligroso oficio de "voltear" a "hombres" policías, que después de la borrachera y la camaradería se fingen dormidos para atreverse a ser penetrados por "ella" (Laredo Song 63); una vestida, Karina, quien contraviniendo toda convención machista comparte la cama con una madrota de prostíbulo (Laredo Song 49); un padre y su hijo que recorren las calles de la próspera y oligárquica ciudad de Monterrey para levantar lo mismo prostitutas, que travestís y varones curiosos de la noche (Laredo Song 55); un trailero que en el juego verbal del ligue en la carretera despliega su "'hombría" para construir un espacio homoerótico y masculino: "tengo dos viejas, una a la que respeto y venero, a la otra es a la que me culeo hasta que escupe sangre, pero me gustan los putitos" (Laredo Song 54); un hombre que lejos de representar la "intolerancia horno fóbica del macho de clase popular (como nos podrían sugerir los estereotipados planteos sobre el "hombre mexicano" de Samuel Ramos u Octavio Paz), brinda las posibilidades de comprensión del placer homoerótico del primo sacerdote (ese sí intolerante y homofóbico) descubierto en flagrancia sexual con un "pelado": "no hay bronca primo, uno es hombre y comprende. Nomás cuídese" (2003:125). Frente a esta realidad popular nombrada por Hurtado y ocultada por las representaciones dominantes de la sociedad norteña y mexicana en general, palidece, aburrida, desolada y estandarizada, la globalidad gay, esa misma globalidad de clase media y urbana alta que hace lamentar que, al menos en ese aspecto, Monterrey y Berlin se parezcan. Incisiva visión de quién no sólo ha asumido un compromiso político contra la discriminación contra las personas que viven con VIH o SIDA y contra la homofobia, sino que ha recibido importantes premios y reconocimientos (en el año 2002 recibió Hurtado recibió el Premio al Mérito Gay y en el 2003, DIVER/CIUDAD, el "Segundo Festival Cultural de la Diversidad Amorosa y Sexual" en Sonora, México, se realizó en su honor).
El reconocimiento de esta diversidad sexo-genérica no es producto de la simple importación de planteos teóricos "queer" a México, concepto de origen anglosajón que tendríamos que aplicar con sensibilidad a nuestra cultura sexual y de género, sino que emerge de un contexto social y de una tradición reflexiva no siempre articulada en la academia, pero que está allí, en la experiencia de los propios actores sociales. Por un lado, la prolongada crisis en los años ochenta y noventa del nacionalismo revolucionario, del estado y sus instituciones corrompidas y corruptoras, de la iglesia y de la familia como instituciones patriarcales, de la economía capitalista de tercer mundo, fundaron procesos democratizadores y de exigencia de derechos humanos en diversos ámbitos de la vida personal y social. Por otro lado, el contexto de la realidad personal y social del SIDA se convirtió en un catalizador poderoso para la emergencia de una paulatina confrontación personal, familiar, laboral, institucional, académica y literaria con la realidad de las prácticas sexuales en México.
A principios de los años ochenta antes de que el SIDA apareciera en Mexico, la cultura sexual se caracterizaba por un lado, por un creciente deseo de explorar y probar, deseo que acompaña el debilitamiento de las instituciones patriarcales al nivel estatal, familiar y social desde finales de los años sesenta; pero también, se caracterizaba por la debilidad de discursos sociales que pudieran reivindicar una visión ciudadana del amor, del sexo ente hombres, o de la salud. La literatura de Hurtado nos permite reconocer este proceso social complejo a través de sus diversos personajes:
Era un ochentaitantos y la trampa estaba tendida en el jardín del depredador. Alguien te estaba ocultando algo, Beto. Eran los ochenta y la provincia era todavía la virgen inmaculada gobernada por el Opus-PRI. Antes del ascenso al patíbulo de los verdugos del Opus-PAN. Cierto: el sexo sabia light, pero aún tenía sabor. Era el 86, presente lo tengo yo, cuando despertaste con una tortícolis que subía desde el hombro hasta el pabellón auricular. (Crónica 17)
En aquéllos inocentes años la inmensa mayoría de los hombres que deseaban y amaban a otros hombres no contaban con instituciones o discursos para entender y asumir sus deseos: El amante ve marcharse a su pareja a una plataforma petrolera y no tiene más alternativa que reproducir la "quimera" dominante de tener "la casita de interés social y los hijos" (2003:19). El SIDA viene a esfumar esa quimera en la vida de muchas familias y con ello, la quimera de una "sexualidad nacional" (Monterrey como signo del orden nacional masculino, burgués y moderno) siempre heterosexual, siempre reproductiva, siempre en el marco del matrimonio y la iglesia. La batalla con la enfermedad impulsa con mayor fuerza un movimiento social que articula un discurso que coloca el asunto del cuerpo (su condición de salud/enfermedad) y el deseo homoerótico en el terreno de las luchas ciudadanas. El texto mismo de Hurtado difícilmente puede entenderse fuera de este nuevo contexto del cual es producto y al cual ha contribuido, a través de su acción ciudadana y literaria.
Las diferentes crónicas del libro Crónica sero, nos muestran que la apanción del SIDA es ocasión de una experiencia social y humana donde habitan los temores, las angustias, la culpa, el dolor, el deseo de mentir, la dificultad para comprender, la indiferencia, la curiosidad morbosa, la negación, la desinformación, la insidia, el deseo de huir, el anhelo de milagros, así como finalmente, la decisión de luchar, de organizarse y de exigir del derecho a la salud y a la no discriminación. Al mismo tiempo, los relatos de Crónica Sero nos muestran otra dimensión social de la enfermedad no menos terrible: el discurso frívolo e hipócrita del Papa y la jerarquía católica, el discurso insensible y temeroso de los burócratas de la salud, el discurso demagógico de los funcionarios de gobierno y los candidatos, el discurso ignorante y prejuicioso de las mayorías hacia una enfermedad que puede ser de todos y todas, el discurso homofóbico social generalizado, la desfachatada desigualdad económica al interior del país y entre los países, la avaricia de las compañías farmacéuticas transnacionales en medio de un vergonzoso desorden capitalista mundial. Hurtado configura personajes que viven con VIH/SIDA que ponen en evidencia estos discursos y estas coordenadas económicas, para construir un poderoso discurso de dolor, de ironía, de tragedia, de esperanza y de coraje, de denuncia, en fin, de resistencia.
El discurso de resistencia que se articula en la literatura de Joaquín Hurtado es un discurso complejo, pues si bien por un lado denuncia la institución médica y los terrores que promueve sobe los cuerpos, los amores y el sexo, por el otro, se aleja del discurso fácil y pseudo radical de la afirmación libre y feliz del placer y del sexo en tiempos del SIDA. Eso seria demagogia literaria. Ni arrepentimiento mojigato y culposo, ni falso optimismo para alagar un discurso políticamente correcto del gay pride que clama sigiloso: "no hablen de eso para que no sepan que nos duele", "pretendamos que aquí no ha pasado nada", "no hay que dar lástima", "basta de hacerse el sufrido", "hay que tener una actitud positiva", "dejen de lagrimear no debemos de inspirar lástima" o parafraseando al propio Hurtado: "reivindiquen la vida loca", jajaja, "tengo sida pero soy rebelde" jejeje, "nos estamos muriendo, pero pintemos una visión literaria encantada de la sexualidad y de la enfermedad para ser "progresistas", jijiji. Frente al cerco sanitario de la institución médica y la lástima de la institución religiosa, Hurtado articula la voz de quien, aún desde el desconcierto, recuerda y mantiene "la feliz costumbre de amar", "el derecho de amar y ser amados", el cuerpo que aflora el placer abundante y se permite seguir ligando en los meandros de la noche, pero también, la voz de quién quiere vivir y se aleja del acto temerario e irresponsable. Frente al nihilismo romántico y pseudo radical del "te amo y no me importa contagiarme", hay alguien que contesta "ya cierra el hocico, no mames y ponte el condón" (2003: 51). Alejado del maniqueísmo, el discurso de resistencia de Hurtado se articula con un material que vuelve creíble los textos: las reacciones humanas ante la epidemia más grande de la historia. Una credibilidad que, para elogio de la literatura, lo ha vuelto material citable en la antropología y en las reuniones nacionales para construir agenda de lucha contra el SIDA.
Guillermo Núñez Noriega, Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo, Hermosillo, Son.
miércoles, 20 de agosto de 2008
A veces sí me muero

Cuando la gripe me pegó hace tres jueves, pensé que me iría a descansar unas cuantas horas, que repondría mis energías y que volvería al trabajo de manera inmediata.
Pero no.
Apenas toqué la cama, con fiebre y una tos terrible, quedé dormido de las cuatro de la tarde a las ocho de la mañana del viernes. 16 horas. Pero desperté y seguí enfermo.
Diez, once, doce días fuera de circulación. No es fácil. Se traducen inmediatamente en varios kilos de menos: de 65 que pesaba ya estoy rondando nuevamente los 60. Y lo peor es que me miro al espejo y siento que mi imagen se diluye en el cristal.
Es el VIH.
No hay duda.
Las defensas bajan, los antirretrovirales actúan a su máximo; y son las inyecciones las que deberán acudir al rescate.
Me muero a pedazos.
La fiebre me aniquila por las noches; las emociones se tornan grises, el ánimo desfallece.
Cómo decirles a mis compañeros que tengo Sida. Uf. Qué difícil.
Sé que debo ser el mayor secreto a voces de la oficina. Hay quien, de cuando en cuando, observa mi coctel de pastillas sobre la mesa y pregunta qué tanto tomas. Yo sólo le respondo no sé, me lo manda el doctor, pero podría decirle que tomo una de ritonavir, dos de saquinavir, una de lamivudina y una más de abacavir, cada doce horas, para sobrevivir.
Cuando camino por las calles me pregunto cuántos con quienes cruzo miradas están en la misma situación. No lo sé. Todos callamos nuestras angustias; al menos las, como estas, más profundas.
No es sencillo cuidarse cuando un intruso se ha apoderado de tus glóbulos blancos, pues siento que cualquier descuido, una semana de mala alimentación; que la fiebre se salga de control; que los antorretrovirales cedan y el virus se haga resistente, todo esto te puede llevar a una muerte de manera contundente, precisa, rápida. Total.
Claro que tengo miedo.
No me gusta el semblante con el que camino por la vida.
Sé que ese oscuro color en la piel, el horrible negro-AZT que entinta mi rostro, me delata.
lunes, 21 de julio de 2008
¿Y luego?

Nunca como ahora el tema del VIH había estado en boca tan de todos.
Que si las nuevas generaciones no deberían estar contagiadas puesto que las políticas públicas se enfocaron desde un principio hacia la prevención; que si los antirretrovirales genéricos que el secretario de salud comprará a la isla de Cuba no cumplen con las reglas internacionales de sanidad; que si laboratorio Roche dejará de invertir en investigación y desarrollo sobre el Sida.
Tiempos convulsivos rumbo a la Conferencia Mundial, en unos días más, aquí en México.
Y yo que en medio de una crisis de romanticismo perdí cuatro tomas de mis antirretrovirales.
Ni sábado ni domingo.
Vaya olvido, vaya desazón. Vaya riesgo.
No lo hagan en sus casas. Mis células CD4 podrían estar sufriendo mutaciones que llevasen al fracaso mi esquema de medicamentos. Y eso sería, ahora sí, el principio del fin.
jueves, 22 de mayo de 2008
Quisiera relatar

Quisiera escribir con más frecuencia.
Que el sistema digestivo es el que más mermado se ve cuando tomas los antiretrovirales; que la piel se te reseca a niveles desesperantes; que debes utilizar una serie de medicamentos, de vez en vez, gotas para los ojos, pildoras para aminorar esa batalla intestinal, otras con la finalidad de quitarte la comezón.
Uf.
Y los miedos. ¿Hasta cuándo?, ¿cómo será?, ¿como en los filmes: postrado en una cama, agonizando hasta el espasmo y la ignominia?
O de qué manera inicia el declive.
Y así...
Quisiera relatar la manera en que mi organismo con ayuda de una infinidad de químicos, ya lo he mencionado, al menos y obligadamente 3 mil 300 pastillas anuales, está dando una pelea sin posibilidad de fracasos ante un intruso misterioso y acechante.
No variar la toma del medicamento es un tema puntual. Otro lo es alimentarse. Y vaya que los antojos y la necesidad de comer, por supuesto aunado al placer de la cocina, tienen otro sentido a partir de que sabes lo que padeces. Hacer ejercicio es vital en esta y en todas las circunstancias.
Quisiera detenerme un poco a reflexionar la vida en positivo.
Esta semana la vi: dicen los medios que eran 200 mil, pero esa masa multicolor que inundó de aromas y belleza el Paseo de la Reforma, el sábado a la tarde, dio muestra de una realidad inimaginable cuando en 1978 fue tan pequeño ese grupo de personas que salió a las calles portando sus orgullos personales que tres décadas después son orgullos multiplicados al infinito y tomaron la ciudad.
Dicen los organizadores que eran 300 mil...
Sean.
Es una multitud que pide tolerancia, que merece respeto, que está ávida de reconocimiento, pero, sobre todo, necesitada de apoyo.
Mientras los veía pasar por desde el camellón, pensé: qué lío esto de los medicamentos.
Mi solo coctel tiene un costo aproximado de 12 mil pesos mensuales. Y me lo proporciona el IMSS.
Pero hay quien no tiene aún acceso a ellos.
¿Cuántos cocteles desfilaron este sábado en la marcha por el orgullo gay?
No lo olvides: pónte condón.
En 2006 casí morí; aún respiro.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Que ya no fume
