
miércoles, 7 de noviembre de 2007
La vida es un par de chocolates

jueves, 27 de septiembre de 2007
El mundo al revés

Hace poco estaba recordándolo.
Sucedió en el hospital, era 2 de octubre, o 3, ó 4.
Mis signos vitales apenas comenzaban a esclarecer sus rutas, sus ritmos, sus coincidencias. Los cuartos de hospital son sitios inhabitables, opacos, tenebrosos. Por las noches todo palpita. En aquellas todas las formas sucumbían caprichosamente a otras formas: se trataba del mundo al revés. En los utencilios necesarios, como el pato, ese recipiente insustituible en tiempos de frío, al momento de desechar los líquidos, es decir, todo el tiempo porque de líquidos sobrevives conectad a una sonda de suero, ahí, en esos utencilios cuyas marcas labradas por el tiempo toman formas diversas. Sólo basta mirar para encontrar dentro de una mancha negra, informe, grotesca, la más sorprendente fauna, los animales que en perfecta armonía se van apareciendo ante tus ojos.
Vi a Cristo.
Claro que lo vi.
Fue una o dos o varias noches en las que cada gota de suero que traspasaba cierta área de la manguerilla se aparecia ante mí, que no quitaba la vista de ese único sonido nocturno, con la cara del Señor Jesús. Él me visitó muchas veces, tantas como gotas podían caer la noche entera.
Pero al paso de los días esas gotas no contenían sino imágenes diversas, de hombres, de mujeres, de aquí, de China, negros y blancos, con barba e imberbes, con lentes o sin ellos.
Estaban ahí, dentro de esas pequeñas gotas, sus rostros atrapados en lo efímero de un segundo.
Y yo los veía, los sentía. Palpitaba con ellos.
Por la ventana de mi cuarto aparecían ejércitos de soldados tenaces, que pasaban hasta el alba en ejercicios tácticos de escalada.
Todo eso veía, desde la cama 129 del Hospital de la Raza.
Todo eso.
No lo olvido, la noche, completa, una y otra, no eran sino una invitación a la fantasía, a la sorpresa. Era sentirse vivo, asirse de cualquier modo a la vida.
Estaba regresando de no sé donde, mi viaje de ida me llevaría hasta los 47 kilos de peso, 18 menos que mes y medio antes, y se aparecía ante mí un mundo sorprendente. El mundo al revés, el pueblo, alrededor de los contornos, que vive al otro lado de mi mente.
En esos días les visité.
Regresaba.
viernes, 22 de junio de 2007
Moriré de sida

Nunca pensé en la probabilidad de recuperar todos esos textos que alguna vez vi publicados en La Jornada, siemrpe tan lejanos, siempre tan ajenos y distantes, y hoy sólo destellos de esperanza.
Todos debíamos conocerlos.
Yo moriré de sida.
Si la gente, los simples mortales, los todopoderosos de la salud, aquellos que no creen en el condón sólo por su desacato hacia la sensibilidad alguna vez leyeran estos textos, algo rescatarían.
Estoy seguro de que el condón sería su aliado así como aliados míos son ahora los medicamentos. Tú no mueras de sida; o contagiado por el VIH, como oficialmente se maneja.
Infórmate, cuídate. Nunca lo hagas sin condón.
He decidido además de incluir en este espacio mis propias experiencias, que van desde el asombro por las mujeres infectadas que he conocido en los últimos tiempos, hasta los lamentos y los reclamos a la vida, una recopilación de relatos de gente que, como yo, ha tenido en la máquina de escribir, en la hoja de papel, pero sobre todo en las páginas de Letra S, un escape a las angustias.
Escribir lo que te pasa es reconfortante, palía los dolores del alma, pero el que alguien te lea es mucho más: es la posibilidad de trasmitir tu historia a otras historias.
Que nadie más muera como yo, como nosotros.
Que el condón sea siempre una extensión obligada de eso a lo que llamas verga.
La antipatía activa por la muerte
Joaquín Hurtado es un desestabilizador de ideas preconcebidas, de falsas esperanzas y de espejismos moralistas. Así lo han atestiguado estas páginas que por casi una década han reproducido sus irreverentes crónicas del vivir cotidiano con VIH. En esta colaboración, leída en la XIX Semana Cultural Lésbico Gay, el autor de la columna Crónica Sero reflexiona sobre el impacto y significado de este suplemento.
Por Joaquín Hurtado
El cineasta Emir Kusturica dice que todavía sigue buscando su ciudad, Sarajevo. La guerra se la arrebató. A mí también me robaron mi ciudad. Veinte años hace de aquello. He arañado aquí y allá tratando de recobrar el camino a casa. Mi ciudad me la quitaron no con obuses ni bala de metralla, sino con un papelito con letrotas asesinas (¡para que no quede duda, pecadores insumisos!): VIH+.
Adiós presente. Adiós futuro. Adiós papá, mamá, esposa, hijo, cielo, sol, calle, muchachos, cuerpo mío. Tuve que volver a aprender el lenguaje de la vida, que para fines prácticos es el idioma que se comprime en la palabra esperanza.
No olvido, porque la desmemoria voluntaria es una forma de la claudicación. No olvido que palabra que aprendía, palabra que me era arrebatada, arrastrada por el vendaval lingüístico detrás de la nube negra del acrónimo SIDA. Así con mayúsculas. SIDA: boleto sólo de ida. Sin retorno aparente para quienes nos embarcamos en los lagos celosamente custodiados por Caronte. Me quedé sin habla. Me quedé sin vocablos para siquiera levantar las manos en defensa propia. Y con Dios me quedé y con un coro de diablos rondando mi cama, susurrando: ¡por puto, por puto, por puto!
Mi mujer no quería pero el médico insistió: varias semanas me mandó a dormir aparte. El bebé en su cuarto, esperando sin saber el navajazo clínico de un Western Blot que se le habría de repetir por enésima vez. Desangrándolo literal y metafóricamente. Y yo sin sustantivos, sin verbos, adverbios ni nervios; sin garganta, puros ojos pelones en cada sangría.
— Ven y acuéstate a mi lado, no puedo dormir, no puedo verte así; no le hace que me contagies— decía mi mujer.
Yo callado, allá en el fondo, en los abismos más oscuros del océano más helado. Tenía miedo de hacerle daño. Más daño del ya causado. No olvidaba su advertencia: "si el niño sale mal te mato, luego me doy un pinche balazo". Punto final al monólogo de los locos. Dos colchas sobre la helada losa del suelo. Sobre la almohada iba dejando las secreciones sanguinolentas de mi herpes zoster madurado.
¿ Qué vida es esa, qué vida es esta sin abrazos, sin risas, sin manos, sin caricias que me regresaran a la dimensión humana? Me familiarizaba con la puerta de los muertos y me desfamiliarizaba de la ventana donde estaban los ojos atónitos de mi mujer, único lazo con la realidad. Expoliado, desfoliado, desplazado, desalmado, salvaje, viví la larga noche de los exiliados.
¿ Qué podía hacer frente al mandato oficial de aquél médico que me pidió sólo dos cosas como “favor” después del diagnóstico: “no contagies a más inocentes y vete comprando tu cajón de difunto”? Así como lo oyen. No medias tintas, no información, no piedad. Las palabras aplastan, matan y rematan. Entierran en vida a quien ha sido previamente derribado del vulgar andamiaje de las certezas donde solemos andar sin deberla ni temerla.
Pero si la palabra mata, la palabra también puede curarnos. De casualidad cayó en mis manos un ejemplar de Sociedad y Sida, aquél suplemento que editaban Paco Galván y sus amigos en El Nacional. El torbellino autodestructivo se detuvo repentinamente dentro de mi desamueblado cerebro. Me dio una tregua. Ve y habla con ellos, después decides si te pegas un tiro— me dije. La tregua sirvió de paliativo a mi dolor, un tentempié a mi tragedia. Mi lengua dejó de pronunciar los verbos descarnados del desahucio. Leía vorazmente los suplementos mensuales y así solté anclajes conceptuales, lastres moralinos, ideas rancias, prejuicios pestilentes, miedos amontonados como cadáveres putrefactos entre las costillas.
El viaje de regreso fue tortuoso. No estaba solo. No era el único que tocaba puertas, dudaba, quería saber. Por aquel suplemento me enteré que había centenares como yo, o en peor situación; con desánimo supe que había pocas alternativas terapéuticas, lentos avances en los descubrimientos, cero vacunas; mucha rabia acumulada, tantísimo odio contra nosotros cociéndose a fuego lento en la extrema derecha de mi Patria; toneladas de innombrables actos de desprecio y terror hacia los afectados de parte de quienes debían protegernos.
En aquellos días empecé a atisbar que había la posibilidad de conformar nuevas células sociales, nuevos códigos gregarios para reinventar mi identidad. Me perdoné cuando fui perdonado por la mirada clara y cabal de los otros.
Paco Galván nos duró tan poco. Sin embargo nos legó una brecha, un camino desbrozado, un instrumento de lucha. Un sueño que hasta la fecha seguimos contando entre los activos de la resistencia moral de este país. Activa resistencia ética, cultural, social, política, sexual. Escrita con la sangre de los vivos y de los muertos. Redactada con la furia de una pasión inagotable, la pasión que se opone con la imaginación, la ciencia y el corazón a dividir la realidad en positivos y negativos, sanos y enfermos, derechos y chuecas; la pasión ejemplar que combate a aquellos que pretenden convertirme en un “extranjero interior”; la incansable pasión contraria al que quiere marcar, excluir y suprimir, poniendo en peligro la sana convivencia de lo diverso.
Monsiváis, Poniatowska, Lamas, Brito, Bonfil, Díaz Betancourt, Ligouri, Huerdo, y docenas de guerreros, le dieron significancia a lo aparentemente insignificante en una sociedad alelada, olvidadiza, indolente: le dieron forma y contenido a Letra S. Sensatez y mucho seso contra el servilismo de la ignorancia. Ya sabemos a que saben todas estas eses.
Casi desde su origen, y por la generosidad de los editores y lectores, he tenido el privilegio de escribir en este suplemento las eses de mi sangre, mi semen, mi sexo, mi seropositividad, mi sudor, mis sueños, mis sapos, mis síntomas, mis sanguijuelas, mis sábanas, mis sainetes, mi sarcasmo, mi sal, mis sombras, mi saliva, mi sinceridad, mi sufrimiento, mi satisfacciones. Mi salud.
Diez años que son los mejores y más intensos de mi vida. Dice Savater que sólo es bueno el que siente una antipatía activa por la muerte. Pues a mí la palabra SIDA, con mayúsculas, me mató. Pero las palabras que le son antipáticas al sida me han salvado. El suplemento Letra S nos obsequia noticias de esas palabras, novedades del frente que tiene casi todo en contra.
jueves, 17 de mayo de 2007
Siete meses después...

Una enfermera me lo dijo: hay quien puede estar con el tratamiento hasta más de 25 años. Se puede llevar una vida normal.
Palabras de aliento al salir del hospital.
Ya han pasado siete meses. Y cosas buenas también, por supuesto: aferrarse a la vida, deshacerse una a una de cada depresión, abogar por seguir tomando el medicamento.
Hace poco en un afán matemático, me dio por la multiplicación.
Saquinavir: 5 pastillas, Ritonavir, una; Abacavir y Lamivudina, una de cada una más. Cada doce horas, es decir: 16 pastillas al día.
Algo así como 5 mil 600 por año.
El costo de la vida, ah, porque además, el coctel supera los 10 mil pesos mensuales, todo un lujo.
Y no, en siete meses la cotidianidad es un espejo de sí misma. Nada cambia, todo transcurre con la regular precisión del cirujano. Algunos quizás lo intuirán, pero no se atreven a externarlo; otros a lo mejor lo piensan pero de inmediato lo deshechan; uno en la oficina lo sabe, el único digno de todas mis confianzas, el que estará conmigo hasta el final.
Cierto, siete meses, siete. De acudir a las citas cada 30 días, de no retrasar más de dos horas de retraso la toma del medicamento; de despertar cada día impregnado del deseo de la vida. Siete meses en los que, si no lo recordara, nadie podría convencerme de que soy uno de los 20 mil portadores que deambulan por la ciudad de México.
Nadie podría convencerme, acercarse y amenazarme: tienes el virus, porque no se lo creería. Esto es tan como si no pasara nada, que nada pasa. Te tomas tus pastillas en la mañana, por la noche, y te alimentas; tratas de llevar una vida sana y adelante. Pero cuidado: un traspié, un berrinche y todo se trastoca. Hace poco en una pelea conyugal decidí que le mejor camino era el suicidio. Y entonces retrasé la lamivudina y el abacavir algo así como ocho horas. Nunca debí hacerlo, porque sin saber le di oportunidad al retrovirus de que mutara, y eso, en lenguaje médico, significa que la fórmula de pastillitas pronto no serviría para nada y probar con otra es desgastar las opciones que tienes de llegar a la siguiente Navidad.
Es difícil admitir que no llegarás a anciano.
Pero nada es distinto a los demás. Soy otro entre la gente, siempre preguntándome, cuántos de mis amigos no me volverían a dar la mano, cuántos más no permitirían siquiera que me les acercara; a cuántas compañeras dejaría de besar en la mejilla.
¿Conservaría el trabajo? ¿Realmente somos tan abiertos?, ¿tan iguales?
Mi gente tolera, cada vez menos, que sea un adicto a la mariguana, en ocasiones hasta les parezco simpático... Pero últimamente los excesos me han llevado de una a otra sacudida; primero porque el director exige que no me desaparezca, porque hay preocupación en los altos mandos de que me pierda entre el humo del cannabis y todas sus consecuencias. Yo me digo autocomplaciente que si Dios me dio otra oportunidad de vivir; si en octubre resucite aquella noche del 2, que no se olvida; si aquí sigo, lo que me indica mi lógica es que debo hacer lo que más me gusta en la vida.
Y, lo siento, lo que más me gusta es fumar.
Acato los consejos; los seguiré, no tengan duda. Pero no hay cosa en la vida que me haga más feliz. Bueno, sí, publicar: ver mis textos en la revista cada domingo; regocijarme de mi mismo.
Me reclamaron no dar todo el potencial, que apenas aporto el 10, o el 13 por ciento de mí. Quizás. Pero este soy, debo moldearme. Me sirven sus palabras, su impulso, la palmada en el hombro y el golpe al pecho cuando me piden bájale, no la dejes.
Pero...
Si lo supieran.
Si supieran de la existencia de este blog, que tecleo a espaldas de ellos, cada uno metido en sus investigaciones; disertaciones sinfín.
Para mí todo está muy claro. Hay que tener cuidado porque una persona con virus se puede infiltrar hasta tu cama y sólo el condón salva.
Yo me doy cuenta de mi condición. Suspicaz que he sido, veo todos los días mi rostro al espejo. Le han salido ciertos puntos negros que no son sino los restos de pequeñas cicatrices que día a día voy arrancándole a la cara; mi semblante enfermizo, cierta mirada y sobre todo el tono de mi piel, cada vez más oscuro ante la menor presencia solar.
Todo es igual. Mis niveles de defensas han subido, las CD4, de 236 a 449; tengo apenas 2,146 copias del virus. Casi indetectable, me dijo el doctor Durán; preocúpate cuando tengas 50 mil. No. Nadie me convencería de que el VIH se presentó una tarde de octubre tan atroz como letal.
Podría vivir muchos años de a 5 mil 600 pastillas cada doce meses; estoy seguro de que al menos tres lustros, sí los aguanto.
Todo parecería normal. 23 horas y media del día ni me acuerdo, pero es ahí, al caer la noche, cuando mi mujer se escapa de mis brazos, cuando esa barrera impenetrable le imide entregarse a mí nuevamente, cuando siento, entonces sí, intensamente, con toda su crueldad, la maldición que le cayó a mi torrente sanguíneo.
No hemos hecho el amor en casi ocho meses, y no hay fecha para un reinicio.
Es ahí, justo cuando debía asistir al ritual que le da sentido a mi vida, justo en los minutos del amor y del sexo, cuando me convenzo de que sí, soy un portador.
Son instantes de una lucidez indescriptible; tu mente y tus sensaciones se enfrscan en una lucha por tomar el control. El deseo se reprime, una vez más.
Sí, hay caricias, existen los arrumacos; por supuesto nos masturbamos con palabras al oído y dedos en el lugar preciso. Pero una penetración, como tal, no. Desde hace meses.
Por qué. Porqué si a lo largo de todo el día nadie me puede convencer de que soy portador del VIH, unos cuantos minutos, los del amor, logran devastarme de tal manera.
Trato de ser cada día mejor: ser humano, pareja, amigo. A veces lo logro.
Pero no hay día en que no me pregunte: ¿por qué hubo de intoxicarse así mi destino?
jueves, 11 de enero de 2007
El shock sin un mínimo de anestesia.

Era increible. Unos pasos apenas y los pulmones exigían más aire. Intentaba obtenerlo pero era imposible: la neumonía me estaba matando.
Ya era un mes y medio de mal alimentarse. De bajar algunos gramos por hora. Pero 5, 10, 12 kilos menos en unas semanas fue tan preocupante que la visita a los médicos se hizo inevitable. Pero no. Acaso confiados en la digna vida que debía llevar, nunca supusieron que fuese un ataque inmisericorde a mis células Cd4.
Mi esposa, al tener apenas la duda, amplia, de la infección, se acercó a mi oído --postrado en cama, con todos los signos vitales cerca del cero-- y me dijo, su mirada transparente observando con temor mis ya para entonces 54 kilogramos de peso.
--Sea lo que sea, aquí me quedo. Contigo. Hasta el final. Porque te amo.
Qué palabras. Una frase expresada en el momento justo, a unos minutos de visitar de cerca mi propia tumba, me hizo renacer.
Lo peor: es necesario contestarlo todo. Y todo es mucho.
Cada una de las preguntas de los médicos les va indicando el camino. Parejas sexuales. Hetero, Homo o Bisexual. Cuántas relaciones. Cómo. Y mucho más.
Es terrible sobre todo cuando el reporte, minucioso y hasta exagerado, cae en manos de tu mujer, quien vuelve a la camilla a inquerir: ¿te acostaste con hombres?
Ya va la camilla hacia la sala de urgencias.
--No te preocupes --murmuró el médico--. De esta yo te rescato. Tengo muchos planes para tí.
Pero a ella le dijo todo lo contrario:
--Esta noche es crítica: esta entre la vida y la muerte. Vamos a tratar de rescatarlo.
Doce días de hospitalización, insomnio, ganas del suicidio. Y el cerebro que no para.
Que alguien detenga mis pensamientos, porque muero.