
Cuando la gripe me pegó hace tres jueves, pensé que me iría a descansar unas cuantas horas, que repondría mis energías y que volvería al trabajo de manera inmediata.
Pero no.
Apenas toqué la cama, con fiebre y una tos terrible, quedé dormido de las cuatro de la tarde a las ocho de la mañana del viernes. 16 horas. Pero desperté y seguí enfermo.
Diez, once, doce días fuera de circulación. No es fácil. Se traducen inmediatamente en varios kilos de menos: de 65 que pesaba ya estoy rondando nuevamente los 60. Y lo peor es que me miro al espejo y siento que mi imagen se diluye en el cristal.
Es el VIH.
No hay duda.
Las defensas bajan, los antirretrovirales actúan a su máximo; y son las inyecciones las que deberán acudir al rescate.
Me muero a pedazos.
La fiebre me aniquila por las noches; las emociones se tornan grises, el ánimo desfallece.
Cómo decirles a mis compañeros que tengo Sida. Uf. Qué difícil.
Sé que debo ser el mayor secreto a voces de la oficina. Hay quien, de cuando en cuando, observa mi coctel de pastillas sobre la mesa y pregunta qué tanto tomas. Yo sólo le respondo no sé, me lo manda el doctor, pero podría decirle que tomo una de ritonavir, dos de saquinavir, una de lamivudina y una más de abacavir, cada doce horas, para sobrevivir.
Cuando camino por las calles me pregunto cuántos con quienes cruzo miradas están en la misma situación. No lo sé. Todos callamos nuestras angustias; al menos las, como estas, más profundas.
No es sencillo cuidarse cuando un intruso se ha apoderado de tus glóbulos blancos, pues siento que cualquier descuido, una semana de mala alimentación; que la fiebre se salga de control; que los antorretrovirales cedan y el virus se haga resistente, todo esto te puede llevar a una muerte de manera contundente, precisa, rápida. Total.
Claro que tengo miedo.
No me gusta el semblante con el que camino por la vida.
Sé que ese oscuro color en la piel, el horrible negro-AZT que entinta mi rostro, me delata.