
A veces siento que ni tengo nada.
De verdad. Hay ocasiones en que hasta me da gripa. Y supuestamente me habían dicho que cualquier gripita te mandaba a la tumba.
Creo que no es cierto.
No al menos en mi caso, a pesar de haber estado enfermo por más de una semana.
Eso sí, hay algo que me tiene marcado, definitivamente, desde octubre de 2006: cada vez que por alguna razón dejo de comer bien acaso por unos dos o tres días, es suficiente para que en la báscula se refleje una pérdida de peso de entre 3 y 5 kilogramos.
De inmediato el espejo me vomita mi calavérica situación, y lo que hago sin dudar es comenzar a comer como un degenerado.
Y así, rápido como los perdí, los recupero.
Vivir con VIH es mucho más generoso de lo que se piensa.
Hay momentos, quizás a lo largo de todo el día, en que ni me acuerdo de que mis defensas están en permanente lucha contra un virus que alguna vez, necio, irreverente y mortal, se metió a mi cuerpo.
Pero si vieran, con que me tome mis medicinas cada doce horas, estoy del otro lado, y ni me acuerdo que alguna vez me contagié.
Generosa vida me tocó, a pesar de todo.
Pero no lo intenten en sus casas: usen condón.