
Era increible. Unos pasos apenas y los pulmones exigían más aire. Intentaba obtenerlo pero era imposible: la neumonía me estaba matando.
Ya era un mes y medio de mal alimentarse. De bajar algunos gramos por hora. Pero 5, 10, 12 kilos menos en unas semanas fue tan preocupante que la visita a los médicos se hizo inevitable. Pero no. Acaso confiados en la digna vida que debía llevar, nunca supusieron que fuese un ataque inmisericorde a mis células Cd4.
Mi esposa, al tener apenas la duda, amplia, de la infección, se acercó a mi oído --postrado en cama, con todos los signos vitales cerca del cero-- y me dijo, su mirada transparente observando con temor mis ya para entonces 54 kilogramos de peso.
--Sea lo que sea, aquí me quedo. Contigo. Hasta el final. Porque te amo.
Qué palabras. Una frase expresada en el momento justo, a unos minutos de visitar de cerca mi propia tumba, me hizo renacer.
Lo peor: es necesario contestarlo todo. Y todo es mucho.
Cada una de las preguntas de los médicos les va indicando el camino. Parejas sexuales. Hetero, Homo o Bisexual. Cuántas relaciones. Cómo. Y mucho más.
Es terrible sobre todo cuando el reporte, minucioso y hasta exagerado, cae en manos de tu mujer, quien vuelve a la camilla a inquerir: ¿te acostaste con hombres?
Ya va la camilla hacia la sala de urgencias.
--No te preocupes --murmuró el médico--. De esta yo te rescato. Tengo muchos planes para tí.
Pero a ella le dijo todo lo contrario:
--Esta noche es crítica: esta entre la vida y la muerte. Vamos a tratar de rescatarlo.
Doce días de hospitalización, insomnio, ganas del suicidio. Y el cerebro que no para.
Que alguien detenga mis pensamientos, porque muero.