jueves, 17 de mayo de 2007

Siete meses después...


Una enfermera me lo dijo: hay quien puede estar con el tratamiento hasta más de 25 años. Se puede llevar una vida normal.
Palabras de aliento al salir del hospital.
Ya han pasado siete meses. Y cosas buenas también, por supuesto: aferrarse a la vida, deshacerse una a una de cada depresión, abogar por seguir tomando el medicamento.
Hace poco en un afán matemático, me dio por la multiplicación.
Saquinavir: 5 pastillas, Ritonavir, una; Abacavir y Lamivudina, una de cada una más. Cada doce horas, es decir: 16 pastillas al día.
Algo así como 5 mil 600 por año.
El costo de la vida, ah, porque además, el coctel supera los 10 mil pesos mensuales, todo un lujo.
Y no, en siete meses la cotidianidad es un espejo de sí misma. Nada cambia, todo transcurre con la regular precisión del cirujano. Algunos quizás lo intuirán, pero no se atreven a externarlo; otros a lo mejor lo piensan pero de inmediato lo deshechan; uno en la oficina lo sabe, el único digno de todas mis confianzas, el que estará conmigo hasta el final.
Cierto, siete meses, siete. De acudir a las citas cada 30 días, de no retrasar más de dos horas de retraso la toma del medicamento; de despertar cada día impregnado del deseo de la vida. Siete meses en los que, si no lo recordara, nadie podría convencerme de que soy uno de los 20 mil portadores que deambulan por la ciudad de México.
Nadie podría convencerme, acercarse y amenazarme: tienes el virus, porque no se lo creería. Esto es tan como si no pasara nada, que nada pasa. Te tomas tus pastillas en la mañana, por la noche, y te alimentas; tratas de llevar una vida sana y adelante. Pero cuidado: un traspié, un berrinche y todo se trastoca. Hace poco en una pelea conyugal decidí que le mejor camino era el suicidio. Y entonces retrasé la lamivudina y el abacavir algo así como ocho horas. Nunca debí hacerlo, porque sin saber le di oportunidad al retrovirus de que mutara, y eso, en lenguaje médico, significa que la fórmula de pastillitas pronto no serviría para nada y probar con otra es desgastar las opciones que tienes de llegar a la siguiente Navidad.
Es difícil admitir que no llegarás a anciano.
Pero nada es distinto a los demás. Soy otro entre la gente, siempre preguntándome, cuántos de mis amigos no me volverían a dar la mano, cuántos más no permitirían siquiera que me les acercara; a cuántas compañeras dejaría de besar en la mejilla.
¿Conservaría el trabajo? ¿Realmente somos tan abiertos?, ¿tan iguales?
Mi gente tolera, cada vez menos, que sea un adicto a la mariguana, en ocasiones hasta les parezco simpático... Pero últimamente los excesos me han llevado de una a otra sacudida; primero porque el director exige que no me desaparezca, porque hay preocupación en los altos mandos de que me pierda entre el humo del cannabis y todas sus consecuencias. Yo me digo autocomplaciente que si Dios me dio otra oportunidad de vivir; si en octubre resucite aquella noche del 2, que no se olvida; si aquí sigo, lo que me indica mi lógica es que debo hacer lo que más me gusta en la vida.
Y, lo siento, lo que más me gusta es fumar.
Acato los consejos; los seguiré, no tengan duda. Pero no hay cosa en la vida que me haga más feliz. Bueno, sí, publicar: ver mis textos en la revista cada domingo; regocijarme de mi mismo.
Me reclamaron no dar todo el potencial, que apenas aporto el 10, o el 13 por ciento de mí. Quizás. Pero este soy, debo moldearme. Me sirven sus palabras, su impulso, la palmada en el hombro y el golpe al pecho cuando me piden bájale, no la dejes.
Pero...
Si lo supieran.
Si supieran de la existencia de este blog, que tecleo a espaldas de ellos, cada uno metido en sus investigaciones; disertaciones sinfín.
Para mí todo está muy claro. Hay que tener cuidado porque una persona con virus se puede infiltrar hasta tu cama y sólo el condón salva.
Yo me doy cuenta de mi condición. Suspicaz que he sido, veo todos los días mi rostro al espejo. Le han salido ciertos puntos negros que no son sino los restos de pequeñas cicatrices que día a día voy arrancándole a la cara; mi semblante enfermizo, cierta mirada y sobre todo el tono de mi piel, cada vez más oscuro ante la menor presencia solar.
Todo es igual. Mis niveles de defensas han subido, las CD4, de 236 a 449; tengo apenas 2,146 copias del virus. Casi indetectable, me dijo el doctor Durán; preocúpate cuando tengas 50 mil. No. Nadie me convencería de que el VIH se presentó una tarde de octubre tan atroz como letal.
Podría vivir muchos años de a 5 mil 600 pastillas cada doce meses; estoy seguro de que al menos tres lustros, sí los aguanto.
Todo parecería normal. 23 horas y media del día ni me acuerdo, pero es ahí, al caer la noche, cuando mi mujer se escapa de mis brazos, cuando esa barrera impenetrable le imide entregarse a mí nuevamente, cuando siento, entonces sí, intensamente, con toda su crueldad, la maldición que le cayó a mi torrente sanguíneo.
No hemos hecho el amor en casi ocho meses, y no hay fecha para un reinicio.
Es ahí, justo cuando debía asistir al ritual que le da sentido a mi vida, justo en los minutos del amor y del sexo, cuando me convenzo de que sí, soy un portador.
Son instantes de una lucidez indescriptible; tu mente y tus sensaciones se enfrscan en una lucha por tomar el control. El deseo se reprime, una vez más.
Sí, hay caricias, existen los arrumacos; por supuesto nos masturbamos con palabras al oído y dedos en el lugar preciso. Pero una penetración, como tal, no. Desde hace meses.
Por qué. Porqué si a lo largo de todo el día nadie me puede convencer de que soy portador del VIH, unos cuantos minutos, los del amor, logran devastarme de tal manera.
Trato de ser cada día mejor: ser humano, pareja, amigo. A veces lo logro.
Pero no hay día en que no me pregunte: ¿por qué hubo de intoxicarse así mi destino?
 
 
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